Irán: crisis sistémica, pero sin un colapso inminente

Irán: crisis sistémica, pero sin un colapso inminente


Por Paolo Falconio


Desde hace meses, Irán vive una crisis que no se parece a ninguna de las anteriores. No es solo económica, no es solo política, no es solo social. Es una crisis sistémica, que atraviesa todos los niveles de la sociedad y pone en cuestión el pacto implícito que ha sostenido a la República Islámica durante más de cuatro décadas: estabilidad a cambio de supervivencia económica.


Hoy ese pacto está resquebrajado. Y la fractura ya no afecta únicamente a los jóvenes, a las mujeres, a los estudiantes o a las minorías étnicas. Afecta al corazón económico del país: los bazares, los comerciantes, las familias urbanas que durante años garantizaron una forma de consentimiento pasivo. El rial se desploma, la inflación supera niveles insostenibles y el costo de la vida se convierte en una amenaza cotidiana.


Las manifestaciones que han estallado en los últimos meses no tienen líder ni un programa político definido. Son espontáneas, transversales, imprevisibles, y sin embargo la falta de un diseño y de una guía las hace más frágiles.


Aun así, desde los mercados hasta las universidades, se extienden a las ciudades de provincia. No piden solo reformas: exigen dignidad, trabajo, estabilidad.


El gobierno responde con una estrategia ambivalente: pequeños gestos de apertura, acompañados de detenciones selectivas y cierres temporales de universidades. Es una táctica ya conocida, pero hoy menos eficaz. Porque la raíz de la crisis no es política: es material.


El aparato de seguridad, sin embargo, no se está desmoronando.


A pesar de los rumores difundidos en algunos círculos mediáticos, no hay señales creíbles de fuga o desintegración dentro de los pasdarán. El aparato de seguridad sigue cohesionado, ideológicamente motivado y estructuralmente central en el sistema de poder iraní. Las pérdidas en la cúpula, debidas a operaciones externas, no equivalen a un debilitamiento de la lealtad interna.


Y este es el punto decisivo: ninguna transformación política en Irán ha ocurrido jamás sin una fractura vertical en los centros de poder. Hoy esa fractura no existe.


Irán no está a las puertas de un cambio de régimen. Pero ha entrado en una fase nueva, más insidiosa que un lento desgaste. No abre escenarios de transición, sino de estancamiento inestable.


El riesgo para Teherán no es el colapso: es la cronificación de la crisis, con un país cada vez más empobrecido, una sociedad cada vez más desilusionada y un sistema político cada vez más dependiente de la fuerza para mantener el orden.


Irán se encuentra en un limbo histórico. Demasiado fuerte para caer, demasiado frágil para gobernar con eficacia.


El resultado es un equilibrio inestable que puede durar años, quizá décadas, pero que cambia profundamente la naturaleza del régimen: menos ideológico, más securitario; menos popular, más aislado; menos capaz de ofrecer un futuro, más empeñado en sobrevivir al presente.


En un Oriente Medio ya atravesado por tensiones, esta combustión interna lenta es quizá el factor más subestimado. Porque un régimen que no cae pero se debilita suele ser más imprevisible que un régimen que colapsa..

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