Una América bajo presión: energía, poder regulatorio y la ilusión europea

Una América bajo presión: energía, poder regulatorio y la ilusión europea


Por Paolo Falconio


En las últimas décadas, Estados Unidos ha construido una parte significativa de su fuerza económica y geopolítica sobre la capacidad de gobernar las grandes variables sistémicas globales: finanzas, seguridad y, cada vez más, energía. No se trata solo de producción o autosuficiencia, sino de poder regulatorio: la capacidad de influir en precios, flujos, expectativas y estabilidad de los mercados globales.

Es en este marco donde deben leerse las crecientes tensiones de la economía estadounidense y las transformaciones del orden internacional. Una América bajo presión no es una América en declive inmediato, sino una potencia obligada a enfrentarse a nuevos límites estructurales en un sistema que ya no puede gobernarse mediante la exclusión.


La energía como palanca sistémica de la economía estadounidense

La energía representa hoy uno de los pilares fundamentales sobre los que se apoya la resiliencia económica de Estados Unidos. No solo porque Washington se ha convertido en uno de los principales productores mundiales de hidrocarburos, sino porque la energía incide directamente en la inflación, la política monetaria, la competitividad industrial y la estabilidad social.

En una economía fuertemente financiarizada, la capacidad de mantener precios energéticos previsibles y mercados funcionales es un factor macroeconómico central. Los shocks energéticos globales se traducen en presiones inflacionarias, subidas de tipos de interés e inestabilidad financiera. Por ello, la energía no es una variable sectorial, sino una infraestructura del orden económico global.


Reglas energéticas globales y los límites de la exclusión

Dictar las reglas de un sistema no significa controlar cada recurso, sino incluir dentro del perímetro regulatorio a los actores sistémicamente relevantes. Y aquí emerge el nudo central: Rusia.

Moscú no es simplemente un gran productor energético. Es uno de los actores sin los cuales el mercado energético global pierde coherencia, estabilidad y gobernabilidad. Petróleo, gas, uranio y fertilizantes hacen de Rusia un componente estructural de la oferta global. Excluirla por completo no solo la debilita: fragmenta el sistema.

Un mercado energético sin Rusia no se vuelve más ordenado ni más moral; se vuelve bifurcado, con circuitos paralelos, precios divergentes y una creciente inestabilidad. En un escenario así, la capacidad de Estados Unidos de ejercer un papel regulatorio se reduce drásticamente.


Por qué no se pueden dictar reglas sin Rusia

La cuestión no es la dependencia energética estadounidense —hoy limitada—, sino la gobernabilidad del sistema global. Si la energía se utiliza como palanca de estabilización macroeconómica, entonces uno de los principales productores mundiales debe estar incorporado, directa o indirectamente, al marco regulatorio.


Sin Rusia:


- la OPEP+ pierde un eje fundamental y se vuelve más politizada  

- los mercados se regionalizan, debilitando la función disciplinante del precio  

- China adquiere mayor capacidad para escribir reglas alternativas, absorbiendo flujos energéticos en sus propios términos  

En otras palabras, no se pueden imponer reglas a un sistema al que le falta uno de sus pilares. Solo pueden ser padecidas.


El realismo energético estadounidense


Las decisiones estadounidenses de los últimos años reflejan esta conciencia. Las sanciones energéticas contra Rusia nunca han buscado una exclusión total, sino una gestión calibrada del riesgo: topes de precios, exenciones selectivas, tolerancia hacia ciertos flujos. No es incoherencia política, sino realismo sistémico.

Washington no puede permitirse que Rusia salga completamente del mercado global y se integre en un ecosistema energético alternativo dominado por Pekín. El objetivo no es la integración política de Moscú, sino su permanencia funcional dentro de un sistema aún gobernable.


Europa y la ilusión de la energía moral


En este contexto, Europa aparece como el actor más expuesto. A diferencia de Estados Unidos, el continente ha confundido a menudo la dimensión normativa con la estructural, imaginando que el mercado energético podía regularse mediante la exclusión y la sanción total.

El resultado ha sido una pérdida de poder regulatorio sin la construcción de una alternativa creíble: precios más altos, mayor dependencia tecnológica, reducción de la capacidad de influir en las reglas globales. Europa ha moralizado la energía sin gobernarla.


Conclusión


No se trata de defender a Rusia ni de minimizar los conflictos geopolíticos. Se trata de reconocer un dato estructural: si la energía es una palanca fundamental para sostener la economía y el orden macrofinanciero global, entonces la exclusión de uno de los principales productores mundiales hace imposible cualquier pretensión de regular el sistema.

Estados Unidos lo ha comprendido, aunque no pueda declararlo abiertamente. Europa, en cambio, corre el riesgo de quedar prisionera de una ilusión: que las reglas globales puedan dictarse sin incluir a los actores que hacen posible ese sistema.

En un mundo multipolar, el poder no pertenece a quien proclama valores universales, sino a quien aún logra gobernar las estructuras fundamentales del sistema. La energía incluida.

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