Ataque a Irán: primeras reflexiones
Ataque a Irán: primeras reflexiones
Por Paolo Falconio
En los últimos años he intentado, con las herramientas a mi disposición, contribuir a la comprensión de la geopolítica. No poseo todas las claves, pero sé que algunos cursos académicos italianos utilizan mi material, y eso me anima a continuar. Esta premisa, quizá poco elegante, me sirve para justificar una reflexión sobre Irán que resulta disonante respecto a los tonos entusiastas que vi ayer en nuestras televisiones.
Si uno se sitúa en el plano de la superestructura, la muerte de Khamenei puede parecer un alivio: desaparece una figura símbolo de un régimen oscurantista. Pero la geopolítica no se alimenta de emociones, sino de relaciones de poder. Es estructura y tiene que ver con la supervivencia. Desde Hans Morgenthau hasta Kenneth Waltz, lo que cuenta no es la legitimidad moral de los actores, sino su capacidad de sobrevivir en el sistema internacional anárquico. Por eso el júbilo popular, aunque comprensible, no encuentra respaldo en la lógica estratégica.
En esta óptica, para Estados Unidos e Israel, la única verdadera victoria sería un cambio de régimen o la fragmentación de la República Islámica. No es una opinión personal, son objetivos declarados. Evidentemente no estoy en condiciones de hacer previsiones, pero según los modelos, el rally round the flag —es decir, el cierre de filas de una población en torno a su bandera frente a una amenaza externa— hace difícil, por ahora, que se produzca una revuelta.
Esto conduce a algunas consideraciones que tendrán efectos. La primera: esta no es una guerra preventiva, sino una decisión discrecional precisamente por el objetivo expresado, y ello pesará el próximo martes cuando el Congreso de Estados Unidos se reúna y, con los republicanos a la cabeza, imponga restricciones a lo que se considera el tercer uso “discutible” del poder del Presidente estadounidense para iniciar una guerra. La tensión entre decisión ejecutiva y control legislativo en tiempo de guerra no es solo una dinámica doméstica, sino un factor que incide en la sostenibilidad a largo plazo del conflicto.
Un régimen que, en cualquier caso, merece caer sin ningún pesar. Se lo debemos a todos los iraníes que están hartos de gobiernos clericales oscurantistas. Ojalá pudiera existir un Irán que no se reflejara a sí mismo únicamente como sujeto desestabilizador de Oriente Medio mediante su dominación sobre Líbano, Yemen e Irak, pasando por la destrucción de Israel.
Un coro de analistas estadounidenses nos informa que la decisión del Presidente fue tomada sin reflexión, por usar una metáfora militar, “sin Estado Mayor”. Otros hablan de una estrategia en la que habría actores dispuestos a liderar una revuelta entre las filas de los Pasdarán y del ejército. Entre ambas versiones, personalmente escucho a los israelíes, que afirman que el peso máximo de las operaciones recae sobre sus hombros y que apostarían por una insurrección de las minorías.
Un cambio de régimen más favorable a Occidente es posible, pero es solo uno de los desenlaces posibles. El deseo sincero es que no se esté improvisando sin ningún verdadero plan para el día después.
Queda, pues, abierta la pregunta decisiva: ¿la decisión forma parte de una estrategia de largo plazo o es el detonante de una dinámica que podría escapar de control? En un sistema internacional ya fragmentado, el Rubicón ha sido cruzado, un hecho que no es solo un acto militar, sino un cambio de fase del orden regional. Estamos en guerra, una guerra en la que fuentes internas iraníes señalan que, pese a la decapitación, Irán ha reconstituido un gobierno y, a juzgar por la reacción militar observada, esa hipótesis parecería plausible.
Una reacción militar sin ahorrar a nadie, precisamente porque ha sido golpeada la cúpula, lo que obligará a responder con todo lo que posee, apuntando a Israel y a los países del Golfo que albergan bases estadounidenses, además de volver impracticable el estrecho de Ormuz. Todo ello para restablecer una disuasión que impida futuras decapitaciones. En los regímenes fuertemente personalizados, en efecto, la vulnerabilidad del liderazgo equivale a la vulnerabilidad del Estado.
Esto lleva a prever un conflicto regional amplio, quizá destinado a prolongarse en el tiempo. Evidentemente también es posible una rápida desescalada, pero con un Irán que no hará concesiones sobre el nuclear civil. Las próximas semanas revelarán el alcance real de las capacidades iraníes y la resiliencia, en términos de cohesión, de los componentes internos del país: si Teherán lograra saturar las defensas adversarias e infligir golpes significativos sin ceder internamente, podría incluso proclamar una victoria, en un enfrentamiento que recuerda la parábola de Sansón y Goliat.
Naturalmente, un Irán devastado sería un precio altísimo, pero sigue siendo incierto hasta qué punto Estados Unidos está preparado para sostener un conflicto prolongado, sobre todo a la luz de informaciones que hablan de una capacidad limitada para mantener bombardeos intensivos en el tiempo. En el trasfondo se mueven China y Rusia, que podrían favorecer una pacificación, pero difícilmente abandonarán por completo a Teherán.
Además, sería poco prudente no considerar el papel de liderazgo de Irán en el mundo musulmán, y la noticia de la multitud en protesta frente al consulado estadounidense en Karachi, en Pakistán, donde al parecer los estadounidenses se vieron obligados a abrir fuego, no es una buena señal.
El desenlace es imprevisible, pero lo que finalmente contará será el resultado estratégico: si para Washington y Tel Aviv la victoria coincide con un cambio de régimen (y espero que se alcance), para Irán podría bastar con seguir existiendo y, en ese caso, tendría una narrativa poderosa que ofrecer al mundo musulmán.
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