Ucrania golpea Moscú. La erosión de la disuasión
Ucrania golpea Moscú. La erosión de la disuasión
Por Paolo Falconio
Ayer, más de 500 drones ucranianos atacaron en profundidad el territorio ruso, llegando hasta la capital y destruyendo —o al menos dañando— bloques de viviendas, fábricas de microchips e instalaciones de componentes. Los ataques ucranianos parecen ser más eficaces que nunca: drones de medio alcance atacan los sistemas rusos de defensa antiaérea, creando corredores que permiten a los drones de largo alcance golpear objetivos en profundidad. Nada nuevo desde el punto de vista táctico, salvo el hecho de que Ucrania ha cuadruplicado la producción de drones de medio alcance. Según los ucranianos, estas operaciones —y en particular las dirigidas contra las refinerías— han provocado una pérdida del 10% de la capacidad de refinación rusa.
Ahora bien, si es cierto que la capacidad de refinación rusa ha disminuido, es necesario señalar que, según agencias internacionales occidentales, la crisis de Ormuz y el relajamiento de las sanciones estadounidenses podrían permitir a Rusia recuperar los gastos de cuatro años de guerra en el plazo de tres meses. Incluso reduciendo a la mitad estas previsiones, significaría que la presión financiera que parecía afectar últimamente a la economía rusa habría quedado anulada por un mercado cada vez más hambriento de materias primas, que la guerra en Irán ha hecho de difícil acceso y, en cualquier caso, caracterizado por costes muy elevados.
Este hecho constituye una escalada del conflicto ruso‑ucraniano, tanto que Moscú ha anunciado tres días de ejercicios nucleares que involucrarán a 64.000 hombres, 7.200 vehículos, doscientos lanzadores, las flotas del Norte y del Pacífico, además de 13 unidades entre submarinos lanzamisiles balísticos nucleares (SLBM) y hunter‑killer. Se lanzarán tanto misiles balísticos como misiles de crucero. Aunque el ejercicio había sido anunciado mientras Putin se encontraba en China, es evidente que se trata de un mensaje dirigido a Kiev y, sobre todo, a Europa, también porque se implicarán los activos nucleares presentes en Bielorrusia.
La cuestión no es el ejercicio en sí, sino su escala, y el mensaje que se quiere transmitir es que Rusia podría haber llegado al límite de una disuasión desdibujada y podría estar valorando acciones más concretas para restablecer la percepción de su voluntad de emplear su arsenal nuclear, quizá mediante una salva demostrativa (según el asesor de Putin, Karaganov). Una elección semejante podría, dependiendo de los objetivos alcanzados, acarrear consecuencias que irían desde cientos de miles hasta cientos de millones de víctimas, entre la lluvia radiactiva, tormentas de fuego, contaminación de recursos y efectos radiogénicos.
Es posible —quizá probable— que se trate de otro aviso más sin consecuencias reales; sin embargo, debe señalarse que la facción de los halcones en Moscú parece cada vez más influyente y que, para Putin, perder la guerra o aceptar una paz considerada insatisfactoria equivaldría al fin de su carrera política, y tal vez no solo política. Obviamente, debe ser una paz que también resulte aceptable para Ucrania, teniendo en cuenta la situación sobre el terreno.
Mientras tanto, desde António Costa hasta Zelenski, pasando por el propio Putin, llegan declaraciones que parecen abrir la posibilidad de una mesa de negociación.
Quizá deberíamos considerar seriamente toda oportunidad de paz, también porque da la impresión de que la dirigencia rusa se siente ante una encrucijada, consciente de haber erosionado la credibilidad de su disuasión nuclear y, en consecuencia, de la necesidad de restablecerla, sobre todo a la luz de sus limitaciones convencionales. Con todos los problemas del Oso ruso, seguimos estando en una fase de confrontación con la que sigue siendo, a día de hoy, la mayor potencia nuclear del planeta. Según el conocido analista estadounidense Mearsheimer, estamos en la senda de la escalada y sin canales de comunicación. Y este es quizá el dato más preocupante de todos.
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