Hormuz, el punto de ruptura de la guerra entre Estados Unidos e Irán

Hormuz, el punto de ruptura de la guerra entre Estados Unidos e Irán


Por Paolo Falconio


La guerra entre Estados Unidos e Irán está entrando en una fase en la que el problema ya no consiste únicamente en determinar quién golpea con mayor fuerza, sino en comprender hasta dónde puede llegar la escalada antes de transformarse en una crisis regional incontrolable.

Las últimas noticias marcan un nuevo salto cualitativo. Las explosiones en la isla de Jark, uno de los principales terminales petrolíferos de Irán, informadas por los medios internacionales, adquieren un significado que va mucho más allá del objetivo militar inmediato. Atacar el área de Jark significa, en efecto, intervenir sobre uno de los principales nodos a través de los cuales Irán introduce en el mercado internacional una parte esencial de sus exportaciones energéticas. La guerra entra así directamente en la arquitectura energética global.

Pero el verdadero centro de gravedad del conflicto sigue siendo el estrecho de Ormuz.

Aquí las dimensiones militar y económica coinciden. Ormuz no es simplemente un paso marítimo: es una de las principales arterias por las que el petróleo y el gas del Golfo llegan a los mercados mundiales. Cualquier amenaza a su seguridad produce inmediatamente un efecto sobre los precios de la energía y, a través de estos, sobre la inflación, el crecimiento económico y la estabilidad financiera internacional.

Precisamente por ello, la supuesta propuesta iraní a Omán para una gestión conjunta del estrecho adquiere un significado geopolítico particular. Si se confirma, el rechazo de Mascate representaría una señal de la dificultad de Irán para transformar su posición geográfica en consenso político regional. Teherán puede disponer de una capacidad significativa para interrumpir el tráfico marítimo, pero esto no significa automáticamente poseer la capacidad diplomática para gobernarlo.

Y aquí emerge una de las contradicciones fundamentales de la estrategia iraní.

Irán puede amenazar Ormuz, pero un bloqueo prolongado del estrecho correría el riesgo de transformar una palanca estratégica en un arma contra sí mismo. La economía iraní también depende de la posibilidad de comerciar, exportar energía y mantener abiertos sus canales con el exterior.

Washington, por su parte, parece avanzar por una senda igualmente arriesgada. La advertencia de Donald Trump sobre la posibilidad de atacar las centrifugadoras nucleares y el área de Pickaxe Mountain indica que el objetivo estadounidense podría desplazarse progresivamente desde la simple degradación de las capacidades militares iraníes hacia la destrucción de la infraestructura estratégica considerada esencial para el programa nuclear.

El problema es que cada nuevo objetivo modifica la naturaleza de la guerra.

Si Irán interpreta los ataques contra sus infraestructuras estratégicas como una amenaza existencial, su respuesta difícilmente podrá permanecer confinada al territorio iraní. Los ataques contra objetivos estadounidenses en Jordania ya muestran cómo el conflicto está adquiriendo una dimensión regional.

Es el clásico mecanismo de la escalada: cada actor intenta restablecer la disuasión respondiendo al ataque anterior, pero al hacerlo crea las condiciones para el siguiente.

Y este es precisamente el punto más peligroso.

Estados Unidos dispone de una superioridad militar abrumadora, especialmente en los ámbitos aéreo, naval y de inteligencia. Pero la superioridad militar no coincide necesariamente con la capacidad de obtener un resultado político.

Destruir infraestructuras es relativamente sencillo. Determinar qué orden debe surgir después de la destrucción es infinitamente más difícil.

Por ello, también la presencia militar estadounidense en la región debe analizarse con atención. El número total de efectivos presentes en el teatro de Oriente Medio no coincide con la fuerza terrestre inmediatamente disponible para una operación de combate a gran escala. Los efectivos realmente utilizables como fuerza terrestre de combate se sitúan en el orden de las 10.000 unidades: una capacidad suficiente para operaciones especiales, protección de infraestructuras, incursiones y acciones rápidas, pero completamente diferente de la masa necesaria para sostener una guerra terrestre prolongada o una ocupación de Irán.

La distinción es estratégicamente decisiva.

Washington puede ejercer un poder enorme mediante la fuerza aérea, los misiles, las fuerzas navales, la inteligencia y las capacidades tecnológicas. Puede golpear profundamente el aparato militar y de infraestructuras iraní. Pero transformar esta superioridad en control territorial es otra cuestión.

Irán es un país de dimensiones continentales, con una población numerosa, una considerable profundidad estratégica, una geografía extremadamente compleja y capacidades misilísticas y asimétricas. Una operación terrestre de grandes dimensiones requeriría, por tanto, una masa de fuerzas completamente diferente de la actualmente disponible.

El problema del «día después» se vuelve así todavía más difícil.

¿Cuál será el objetivo final de Estados Unidos? ¿Cambiar el comportamiento de Irán? ¿Destruir su programa nuclear? ¿Reducir su capacidad militar? ¿Debilitar al régimen? ¿O rediseñar los equilibrios de poder de Oriente Medio?

Son objetivos profundamente diferentes y cada uno implica costes y riesgos distintos.

La guerra, por tanto, se aproxima a su verdadero dilema. Estados Unidos probablemente todavía puede aumentar la presión militar sobre Irán. Pero cada incremento de la presión reduce simultáneamente el espacio disponible para una solución diplomática y aumenta los incentivos iraníes para utilizar sus capacidades asimétricas.

Hormuz representa exactamente esta paradoja.

Es una palanca mediante la cual Teherán puede amenazar a la economía mundial, pero también el punto en el que una crisis regional puede transformarse en una crisis sistémica.

Por ello, la pregunta decisiva ya no es únicamente quién ganará la próxima batalla.

La cuestión es si Washington y Teherán seguirán siendo capaces de detenerse antes de que la lógica militar haga imposible la lógica política.

Porque en las guerras modernas, el momento más peligroso no es necesariamente aquel en el que los ejércitos combaten.

Es aquel en el que ninguno de los contendientes puede permitirse ya perder, pero ninguno ha encontrado todavía la manera de ganar.

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